Entrevista

Josep Maria Pou

Texto y entrevista: Verónica Soto. Fotos: Esther Sanromà
Esta entrevista apareció publicada en el número 7 de tgapuzzle (verano 2004)

Desde muy pequeñito iba al teatro cada domingo con su familia. Esta práctica privilegiada le hizo conocer y sentir el teatro de cerca y desde entonces su vínculo vital con este arte no se ha roto y su pasión por este género sobrepasa lo natural. Infinitamente perfeccionista y agradecido con su público, Pou lleva más de cuarenta estrenos a sus espaldas y continua ofreciendo un teatro de calidad con personajes que tan sólo los grandes profesionales pueden enfrentar. Ahora nos sorprende con el Rey Lear de Shakespeare bajo la dirección de Calixto Bieito. Un cóctel de dos personalidades que abruman los teatros y, sobretodo, no dejan indiferente a nadie.

¿Cómo es el personaje del Rey Lear?
En principio es un papel que asusta mucho porque es el más grande de los personajes de Shakespeare y de los que se han escrito para un actor. Lo cual quiere decir que cuando te planteas la posibilidad de enfrentarte a un personaje así te entran todos los miedos del mundo, que hay que vencer y que vas venciendo a medida que vas cogiendo confianza en los ensayos. Es la obra más complicada de Shakespeare, la más grande, la más cosmogónica: hay tantas cosas dentro que te agotas mental y físicamente intentando desentrañarlas, pero al mismo tiempo se produce un placer enorme.

¿Que es lo que le produce más placer de hacer esta obra?
Hacer un Shakespeare. Hasta ahora en treinta años de carrera nunca había hecho una obra de él que, se supone, debe ser casi la base, la escuela por donde deben empezar los actores: si eres capaz de hacer un Shakespeare, eres capaz de hacer cualquier cosa. A mí lo que me gusta del Rey Lear es que hace un viaje terrible y maravilloso al mismo tiempo. Es un personaje que empieza teniendo todo el poder del mundo y termina siendo el más pobre hombre del mundo, el más abandonado, el que muere solo, sin que nadie se de cuenta, en un rincón, casi porque se le ha acabado su tiempo, se le ha apagado su llama. Ese viaje tan terrible de ir perdiéndolo todo… un hombre egoísta, dictador, totalitario, y que ve que, por torpezas suyas, todo se le va escapando de las manos y la gente a medida que le ve más débil van vengándose más de lo que tuvieron que soportar. Es una bajada a los infiernos terrible pero, al mismo tiempo, es un aprendizaje para llegar a ser un ser humano, porque antes no lo era: cuando tenía todo el poder era una especie de bestia parda. Pienso que ese tipo de trasformación sucede a muchísimos seres humanos cada día o debería suceder a muchos otros que tenemos presentes y que sabemos que utilizan el poder como les da la gana.

¿Le gusta a Josep María Pou interpretar a personajes que están en el límite?
Sí, eso es lo que más me gusta. Los que están al borde, justo cruzando esa línea que hay entre el bien y el mal, entre lo ridículo y lo sublime. Es decir, me gustan los personajes que tienen riesgo, que son muy apasionados, que saben disfrutar de la vida y de todo a tope con los sentimientos, con las emociones, que no se quedan nunca a medias tintas. Y también me gustan los que pierden y son conscientes de que están perdiendo algo; porque es muy fácil ser un ganador, lo difícil es ser perdedor y saber perder. Sé que soy un ser de envergadura y apariencia notable y si me dejo llevar puedo llegar a sobredimensionar al personaje; tengo que hacer un ejercicio continuo de contención, porque si no quemaría los teatros, los destrozaría a gritos.

Con más de treinta años de carrera. ¿En que se traducen? ¿Hay más tranquilidad, serenidad?
En absoluto. Más tranquilidad en el aspecto profesional porque sabes que tienes un estatus: reconocimiento del público, de la crítica y de los compañeros, que son los tres factores básicos que necesita un actor. Pero, al mismo tiempo, te entra el miedo terrible del enorme sentido de la responsabilidad; cuando empecé tenía un papel de diez frases y no tenía miedo a los estrenos, sabía que el éxito del espectáculo no dependía de mí, sino de los protagonistas. A medida que vas subiendo en el escalafón te das cuenta de que tu obligación no es tan solo hacer la función para que guste sino que, además, tienes que caerle bien al público: todas esas obligaciones, si tienes sentido de la responsabilidad, abruman muchísimo. Cuando empiezas no te juegas nada y al contrario, cuantos más éxitos has tenido y más larga es tu carrera sabes que el público te va a exigir más y van a estar más pendientes de cual es tu próximo reto.

Detrás de cada personaje hay mucho trabajo de memoria pero: ¿Los personajes hacen crecer a la persona que los interpreta?
El actor va creciendo como actor y como persona cada vez que se enfrenta a un personaje nuevo; hay unas dificultades que vencer de composición física y tienes que hacer un recorrido por unas emociones determinadas; eso te obliga a estudiarte a ti mismo y a encontrar dentro de ti aquellas emociones, sentimientos que a lo mejor nunca te habías planteado porque en tu vida personal no te han ocurrido. El hecho que tengas que hacerlo obliga a la persona a plantearse cómo se reacciona, y eso es una enorme prospección dentro de uno mismo, un enorme estudio psicológico: las personas normales no están constantemente analizándose y buceando dentro de sí mismas, preguntándose cómo reaccionaría si me pasara esto. Es bueno hacerlo. Aunque llegas siempre a la misma conclusión: no sé como soy.

¿Cómo es Josep María Pou? ¿Quien está detrás de tantos personajes?
Soy algo así como un absoluto enloquecido por su profesión, no entiendo hacer otra cosa que ésta, que es vivir vidas ajenas. Me parece que es un privilegio, una terapia. Todos tus problemas psíquicos, emocionales puedes descargarlos en el personaje como si le pusieras a él la camisa de tus problemas y te quedas libre. Eso hace que de alguna manera te encuentres ante la vida con los ojos muy abiertos; casi, casi como un niño grande dispuesto a todo. Creo que para ser actor hay que tener una inmensa capacidad de jugar y de engañar a la gente. A mí lo que me gusta es seguir jugando; recuerdo una frase, un pensamiento, que me impactó muchísimo y decía algo así como: “no dejamos de jugar porque nos hacemos mayores; al contrario, nos hacemos mayores porque dejamos de jugar”. Y eso me parece tan maravilloso… y pensé que por eso los actores no nos hacemos mayores nunca, seguimos siendo niños porque jugamos constantemente. Yo creo que el mundo estaría mejor, las sociedades tendrían menos conflictos, si la gente supiera jugar más. Jugar supone arriesgarse, supone ser capaz de poner en marcha la fantasía, la imaginación, todo eso que de niños hacemos por naturaleza y que vamos dejando de hacer, y que es conveniente volver a aprenderlo.

¿Hasta que punto le interesa la opinión del público?
La opinión del público es fundamental. Cuando estás encima del escenario no puedes ser ajeno a la reacción del público: estás en el mismo espacio, compartiendo tiempo y lugar, la respiración del público te llega, es la que te da la energía que necesitas para hacer la función. Es cuando se produce el milagro de la comunicación, que se tiene que producir siempre en el teatro; cuando recibes eso ya estás teniendo la opinión del público. Nosotros los actores decimos “lo tengo en la mano”. También en todas las funciones de teatro que he participado siempre te encuentras un grupo de varias personas que han tenido y, tienen, la generosidad de esperarse quince o veinte minutos en la puerta del teatro porque tienen necesidad de decirte que les ha gustado o de agradecerte que les hayas llenado dos horas de su vida. Luego, también, las nuevas tecnologías han permitido que nuestro trabajo esté mucho más cerca de los espectadores: yo recibo muchos mails de gente que me comenta las obras que hago. Es estupendo porque hay mucha gente que no se queda hasta el final de la obra porque es tímida. En cambio, con el correo electrónico la gente es más libre.

¿Qué sensación le queda después de hacer una obra, tanto física como psicológica?
El 99% de las obras que hago requieren mucha energía y entrega, y te quedas un poco vacío. Cuando se produce la comunicación entre el público y el actor da mucho placer, pero al mismo tiempo agota mucho. Estás con la satisfacción de haber cumplido y al mismo tiempo te quedas con la duda, porque uno de mis mayores defectos es que soy un perfeccionista, estoy en un perpetuo estado de insatisfacción. Pasados unos minutos, cuando estoy cenando o tomando una copa, entonces empiezo a repasar la función que he hecho, como si la hubiera grabado en vídeo. Aunque esté haciendo esa obra durante un año, me acuerdo perfectamente de la última función. Empiezo a corregir y al día siguiente llego al teatro y lo intento; eso es lo maravilloso del teatro, no es como el cine, o la televisión, donde lo haces una vez y se queda para toda la vida.

Ha trabajado en cine, en radio, en televisión, ha hecho adaptaciones… Si lo comparamos con el teatro, ¿que diferencias encuentra con los demás géneros?
Si hablamos de televisión, cine y teatro, el teatro es el único medio donde el actor se puede considerar absolutamente responsable de su trabajo. En la televisión o en el cine tu eres un mecanismo más de ese engranaje, nunca eres responsable de lo que el público va a ver. Puedes rodar cuatro o cinco tomas, pero no tienes ningún poder para que salga la que te gusta más. El director se sentará en una sala de montaje después de tres meses de haber rodado y elegirá la que más le guste. En cambio, en el teatro no hay trampa ni cartón: a partir del momento en que se abre el telón sé que lo que haga llega directamente al público. Pero hacer cine y televisión es otra manera de jugar muy apetecible; me apetece siempre que hay un personaje que me guste, interesante. He estado tres años haciendo en televisión el personaje del inspector Ferrer en la serie Policías porque creo que era muy complejo, con mucha riqueza interior.

Hablemos de sus inicios. ¿ Qué recuerdos tiene del teatro parroquial de Mollet del Vallés?
Allí descubrí el teatro. Mi padre era uno de los directivos del cuadro de actores aficionados, como hay en muchos pueblos de Catalunya. En casa era muy habitual y los domingos iba al teatro toda la familia; ése es un tipo de educación privilegiada, que no se da demasiado en el resto de familias. Tuve una suerte inmensa, esto a un niño pequeño le llega directamente y le conforma un carácter y una afición determinada. También había una cosa que me gustaba muchísimo y es que mi padre me dejaba acompañarle todos los sábados por la tarde teniendo seis, siete años, para ver cómo montaban los decorados. A mí eso me parecía un mundo mágico: ver cómo encima del escenario se armaban maderas, papeles pintados y se construía un decorado; luego se ensayaba la función de día siguiente. Eso me marcó profundamente e hizo que yo quisiera ser actor. Pero, la verdad, es que nunca me propuse ser actor: en la época que tienes que decidir qué quieres hacer para ir a la universidad, yo quería ser periodista. En los sesenta eran los inicios de la televisión y yo pensaba también en el mundo de la radio. Pero la mili me llevó a Madrid y tuve la pequeña fortuna de ir allí y me encontré que tenía las tardes libres. Al principio me tiraba todas las tardes en el teatro y en el cine, pero luego pensé que tenía que aprovechar el tiempo de alguna manera, con la única intención de que cuando acabara la mili haría periodismo y que para eso era fundamental hablar bien, vocalizar y demás; me matriculé en la escuela de arte dramático pero sólo en las asignaturas que pensaba que me servirían para ser reportero de televisión que es lo que quería ser. Estando en la escuela de arte dramático los profesores me decían que tenía muchas cualidades y me dieron matrícula de honor, la única de toda la promoción. Seguí en segundo curso y todo el mundo me decía que no lo dejara y como tenía el complejo de no tener ningún título de nada, pensé en sacármelo. Terminé y tuve la buena o mala suerte de que el mismo día que terminé mi examen final de carrera me contrataron para hacer teatro. Si en ese mismo momento no me hubieran contratado, yo me hubiera ido para Barcelona a la mañana siguiente para trabajar en televisión. Yo soy actor por casualidad.

¿Que recuerda del primer estreno de “Romance de Lobos”?
Terminé en junio del 70 en la escuela de Arte Dramático y en septiembre debutaba con esta obra con la mejor compañía de teatro que había entonces, que era La Compañía Nacional del Teatro María Guerrero que dirigía José Luís Alonso. El mayor recuerdo que tengo de ese debut fue lo que me emocionaba el hecho de trabajar al lado de más de quince grandes actores que había en esa compañía, a los que admiraba muchísimo como espectador. Fue mi segunda gran escuela. En estas funciones tenía un pequeño papel y mucho tiempo libre, que empleaba para ver a los actores entre bastidores y me sabía de memoria todos sus papeles. Hasta que llegó un momento, después de un año, con la obra Antígona, que uno de los primeros actores sufrió un accidente y le tuve que sustituir esa misma tarde porque me sabía su papel.

¿Y dirigir teatro cuando?
A mí el trabajo de actor me absorbe tanto, que me da mucha rabia apartarlo durante por lo menos un año. Pero hace ya como un año que noto que el cuerpo me pide dirigir, tengo la necesidad hasta tal punto que tengo comprados los derechos de una obra americana que voy a hacer la próxima temporada en Barcelona. Será mi debut como director, aunque sea tardío. Lo hago porque necesito saborear esa experiencia, aunque estoy casi convencido de que mi trabajo de director no me va a producir más satisfacción que el que me produce el de actor. La obra se llama La Cabra, de Edwar Alvi, la cual voy a dirigir e interpretar: es un drama doméstico.