Entrevista

Emilia Castañeda

Texto y entrevista: Verónica Soto. Fotos: Esther Sanromà
Esta entrevista apareció publicada en el número 21 de tgapuzzle (octubre 2007)

En el siglo XXI, en medio de tanto arte abstracto y surrealista, todavía quedan  artistas que recrean el arte figurativo en todo su esplendor. Emilia Castañeda (Madrid, 1943) hace de la pintura una obra de arte, un poema visual romántico, sensual, cálido, a veces erótico y con mucha fuerza. ¿Que sería de la vida sin una mirada, sin una caricia? Así, a través de las cosas reales Castañeda llega al público experimentando con los colores y las sensaciones que transmiten. La mujer sin complejos, desnuda, bella, satisfecha de serlo, aparece en toda su trayectoria vital.

Una artista que plasma un contenido emocional importante con una técnica depurada. Desde pequeña despuntó con los pinceles; nació para dedicarse a esto. En 1957 empezó sus estudios en una academia particular de pintura. Víctor Esteban Ripaux fue su maestro, su segundo padre, quien descubrió su talento y apostó por ella. Desde entonces la figura de su maestro siempre la valoró. En 1959 estudió en La Llotja donde ilustró  revistas y libros. Fue en 1964 cuando recibió su primer galardón: el segundo premio “Barcelona de notas pictóricas”. A partir de entonces  su carrera pictórica fue gratamente reconocida y ya en 1973 inauguró su primera exposición individual en la Galería Lleonart de Barcelona, que tuvo un éxito rotundo.  Su estancia en Venecia la vivió con plenitud en todos los sentidos, de allí surgieron muchos de los cuadros más hermosos.

Ha participado en varios cuadros colectivos, en el último ha retratado a Karina Carvalho, Miss Café de Colombia y presentadora de televisión, situándola en el café Florián de Venecia. También retrató al tenor recientemente fallecido Luciano Pavarotti. Unos cuadros firmados por grandes pintores y dirigidos por Giorgio Serafini.

Defensora y enamorada de los animales, también preocupada por el medioambiente, Emilia Castañeda es una mujer sensible, independiente pero dependiente del afecto de sus seres queridos. De belleza atractiva en sus años de madurez, la pintora supo disfrutar de la vida y del amor; cuando lo recuerda lo hace con nostalgia con un velo de tristeza pero orgullosa y llena de satisfacción por haber vivido tanto y tan intensamente.

Ahora continúa con un espíritu libre y hippie que nos permite contemplar la belleza del cuerpo humano. Para ella no existen los cánones de lindeza que nos ha impuesto occidente; la mujer y el hombre son bellos con las formas que les ha regalado la naturaleza.

¿Qué está pintando actualmente Emilia Castañeda?
Yo soy muy viajera, ahora estoy pintando sobre el Orientalismo. Me fui por Marruecos por la zona del Atlas. Allí pinté todo lo que veía, sobretodo los pueblos primitivos. Pude vivir ese calor sofocante, el sol, su ambiente, un azul precioso de cielo, unos colores terrazos,  anaranjados y rojizos. Yo si quiero pintar sobre esta temática, necesito irme al sitio sino me da la sensación que estoy engañando a la persona que contempla mis lienzos. Para desconectar de todo esto, creo un personaje un tanto cómico, ingenuo, bastante erótico. Es el demonio, con unos atributos enormes con mujeres muy llenas y gorditas. ¡Es muy divertido!

¿Por qué  pinta mayormente a mujeres?
¿Quien invierte en pintura? El hombre. La mujer se gasta el dinero en otro tipo de cosas cuando tiene un nivel económico. Aunque algunas sí me han comprado. Yo me debo a la mujer porque si el señor quiere comprar, a su señora le tiene que gustar. También pinto la figura masculina, de hecho disfruto más, pero a la mujer puedes envolverla en otros artificios que el hombre: desde la sofisticación, el fetichismo, la ambigüedad. Esto en el hombre es más llano; tiene su masculinidad y punto. Intento que las mujeres que pinto tengan una base de autoridad, de reafirmación, son mujeres con poder. El hombre a veces puede estar en el cuadro y es un componente sensual que ayuda a la composición de la mujer, es el adorno. ¡Tengo que decir que adoro a los hombres!
Hablemos de los colores. En su mayoría son muy calidos, románticos. Soy colorista, ya desde muy pequeña. Mi maestro no me tuvo que enseñar las mezclas que se pueden hacer con los cuatro colores básicos, yo  las sabía intuitivamente. Los colores tienen un lenguaje.

¿Cómo trabaja Emilia Castañeda?
Todo se inicia  primero con unas ideas que tengo en mi cabeza que poco a poco voy madurando. Después llamo a las modelos,  las fotografío con la pose que busco y su composición. Mis modelos no son profesionales y ellas posan para mí. Luego viene una parte complicada que es el color, la textura, combinación de entonaciones.

Los pintores tienen etapas. ¿Cuáles ha tenido usted?
Yo soy muy inquieta, tengo muchas etapas. Lo que temo no es un aburguesamiento, sino a un cansancio físico que no me permita toda la movilidad que deseo y que necesito para viajar y vivir de mis cuadros. En Pompeya y Nápoles mi pintura cambió hacia los frescos. En Venecia con esa luz pálida, apastelada. En Marruecos los colores se me han fortalecido mucho: el color violento.

¿Qué le da la pintura?
Es todo, es la vida, como comer o respirar. La pintura me ha hecho lo que soy, he evolucionado. He podido moverme en muchas situaciones y salir de mis grandes dramas, como la muerte de mi hijo a las 19 años. Siempre me queda la pintura, he superado 4 operaciones de los ojos. Necesito pintar. Cuando era más joven había otras cosas, pero ahora no;  mi esencia es la pintura.

¿Está satisfecha de los resultados estéticos de su pintura?
No, para nada. Soy demasiado exigente. Lo paso  fatal a medida que pasan los años que se supone que tendría que disfrutar más lo paso peor. A mi me cuesta una enfermedad cada vez que veo la tela blanca y tengo que empezar a pintar. El momento sublime es cuando está a medio hacer el cuadro y dura muy poco. Cuando acabo un cuadro es una frustración porque en mi cerebro tengo unas imágenes que no logro llevarlas al lienzo.

¿Cómo le gusta que la gente perciba sus cuadros?
¡Es curioso la fantasía que dan mis cuadros! Mucha gente percibe más que yo. Eso, sí siempre está la palabra sensual. Yo pinto el amor, los cuerpos dulces y mucha gente piensa más allá.

¿Qué significó su profesor de pintura?
Lo fue todo para mí, fue como un padre. Víctor Esteban puso mucha fe en mí cuando tenía 12 años, ahora con el tiempo me enternece. Me hizo trabajar mucho, me apoyaba y me decía: “Si tu quieres llegarás”. Lo tengo como un ídolo en mi cabeza: mi gran maestro.

¿Cuándo fue su primera exposición?
A principios de los setenta en la galería Lleonart en la calle La Paja, fue un éxito rotundo. En aquella época había una Barcelona entusiasmada por el arte. La gente invertía mucho en arte. Aún la vanguardia no había atacado. Yo ya pintaba mujeres en situaciones mucho más audaces que ahora. A mi me influenció la época hippie y el amor libre, no a la virginidad y todas estas cosas. Pintaba mujeres con poder, dueñas de su cuerpo, de libertad, nada sumisas. Esto fue un impacto porque vivía Franco pero nunca me pasó nada.

Pintó a Luciano Pavarotti también.
Fue una idea de Giorgio Serafíni que pensó en un cuadro enorme donde colaborábamos seis pintores. Yo hice el retrato y lo tuve que pintar apoyándome en una foto suya. Me encerré en casa, me ponía videos de Pavarotti para captar su manera de ser. Creo que lo logré, él se quedó sorprendido. Se lo entregamos y le gustó mucho.

¿Qué impresión tuvo de él?
Muy agradable, es verdad lo que dicen de él, Era agradable, muy humano, un hombre muy simpático, nada divo.

¿Cómo valora el arte de hoy en día?
Sufrimos una dictadura del arte. Hemos de ser modernos, las galerías están ahogadas en la modernidad, de pintura extraña, se ha desvirtuado tanto que la gente como no entiende ha perdido el interés. La gente está totalmente perdida. Al pueblo le gusta ver las cosas reales, no le gusta que le expliquen lo que es un cuadro. Tengo que reconocer que algunos cuadros abstractos son muy buenos. Las galerías tienen mucha culpa de esto. La vanguardia no es el arte que se ha prendido de forma artesanal: lo artesano significa que se ha trabajado, se ha elaborado y se ha luchado. La pintura de antes, la de los museos es artesana.

¿Cómo hemos pasado de Las Meninas de Velázquez, de los cuadros de El Bosco a un cuadro pintado totalmente de rojo? ¿Qué ha ocurrido?
Ha habido un cambio social importante. La gente vive muy deprisa, no tiene tiempo para la contemplación. El minimalismo, las casas diseñadas frías, sin personalidad, ni alma, esto es lo que se lleva ahora. Antes la gente tenían sus reuniones alrededor de sus cuadros, sus negocios. Hay muy poca exigencia, el arte está embrutecido en todos los sentidos. El arte para mi es color, es intemporal, algo que te emociona. Si emociona una mancha roja a alguien, se lo tiene que hacer mirar. Soy una clásica en esto y soy pintora figurativa. Los sentimientos son figurativos: nos enamoramos de unos ojos, de una boca, de una forma. No somos aún robots, si algún día lo llegamos a ser y nuestra mente cambia, a lo mejor los museos no existirían. Hace ya muchos años que se inventó la vanguardia, la mayoría lo hacen porque es una manera fácil de ganarse la vida.